Entrevista Con Jane Austen

Un ejercicio de “imaginación periodística” por: Guillermo Castro.


Vaya que me saqué la lotería; mira que tener la oportunidad de entrevistar a Jane Austen… Yo, un bloguero más sin nada en especial que me distinga. Algo bueno debí haber hecho en mis vidas pasadas (porque en esta no recuerdo nada digno que mencionar). ¿Cómo pude lograr ese privilegio? Pues no hice nada, excepto imaginar… imaginar que puedo acceder a su mundo, al hogar en donde orgullosa la encontraría sentada con sus abundantes ropajes, su cofia, y apoyando sus prodigiosas manos en uno de sus libros; las mismas manos que escribieron tantas historias inolvidables.

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En mi fantasía, me han recibido en la histórica casona de Chawton y la puerta hace un chirrido espantoso. Un sorprendido criado me anuncia con la ceremonia y la cortesía acostumbradas, a las que respondo tímido y torpe. Pienso cuán ajenos me resultan estos modales; de modo que, para no desentonar me limito a callar, tomar asiento y esperar a que la escritora llegue, para sin más preámbulo empezar con mis preguntas…

Antes que nada, ¿A usted le place que le digan señora? En el lugar de dónde yo vengo las damas odian esa palabra.

Oh, por supuesto que sí. El termino “señor” y su contraparte femenino “señora” demuestran el respeto que debe gozar toda persona (a menos de que su comportamiento inmaduro o inapropiado les excluyera de ser merecedores de tal mimo).  La palabra es hermosa, casi como un título ¡Amo que me digan señora! Además, usted recordará, cuando dejé de vivir en este mundo, estaba entrando en “esa edad” en la que las damas necesitamos un reconocimiento extra; la lisonja cariñosa que extrañamos de cuando éramos unas chiquillas.

Lo común es que esas señoras obtengan el halago por medio de la maternidad ¿Le hubiera gustado ser madre?

Absolutamente. En el lugar de donde usted viene me han retratado como una mujer más “liberal” (ese es el término que ustedes utilizan ¿cierto?) de lo que fui en realidad. También me han llamado “feminista” y no estoy segura de haberlo sido, en el sentido que ustedes ahora entienden.

Lo único que hice fue contar historias de mujeres jóvenes, aspirantes a damas respetables. Para ello tuve que plantear lo que entiendo como un “aprendizaje de vida” y mis heroínas hacen el resto; se muestran lo suficientemente audaces e inteligentes para lograr mejorar su suerte.

Para terminar de contestar su pregunta, diría que sí; ser madre hubiera sido una muy agradable experiencia (aunque por mi profesión, nunca estuve obsesionada con ello), pero estoy segura de que habría sido muy gratificante.

Hablando de retratos ¿Cree que le hacen justicia las pinturas que a posteriori de usted se hicieron? Mi humilde opinión es que no lograron el parecido. Después de tener la gran fortuna de conocerla, me parece que usted es más bonita que la imagen plasmada en cualquiera de sus retratos.

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Me halaga, caballero. A eso me refería cuando le hablé de las damas de “cierta edad”. Nos encantan esas consideraciones… La historia de mis retratos todos la conocen y no es un asunto que tenga demasiada relevancia, pero se la confirmaré: Por alguna razón la única imagen que se conservó fue un dibujo realizado por mi querida hermana Cassandra. Naturalmente, ella no era una gran pintora ni mucho menos. Además, el retrato en cuestión ni siquiera puede considerarse un dibujo bien terminado, sino apenas un bosquejo; el cual para mi desgracia sirvió como único modelo para todos esos retratos. Como usted ya lo ha confirmado, ninguna de las pinturas logró el parecido. Aún así, me gusta que los lectores tengan una imagen que me represente.

No es mi intención hacer una entrevista incómoda. Solamente profundizaré en algunos temas que se vayan abordando. Usted mencionó algo sobre el feminismo y dice no estar segura de haber sido una “feminista”. ¿Porqué lo duda?

Sepa usted mi estimado señor, que no le temo a las entrevistas incómodas, pues no tengo nada que perder; y menos con usted, pues no pertenezco ni a su mundo ni a su época (dicho esto con el mayor de mis respetos)…

No me considero “feminista” en los términos que ahora se manejan. Sin embargo, mis novelas se propusieron poner a la mujer en un lugar más decoroso del que en mi época se nos concedía. Quise recordar sutilmente que valía la pena invertir en la educación de las chicas; una educación que fuese más allá de los buenos modales, las clases de cocina y el piano. Quise despertar en ellas el sentimiento de valía para que confiasen en su inteligencia y desarrollasen una sagacidad más docta que la simple intuición. Espero haberlo logrado.

Todas las Elizabeth Bennett* corren el riesgo de convertirse en Lady Catherine de Bourgh* al envejecer? (*Personajes de la novela “Orgullo y prejuicio”).

Caballero, me ha hecho sonreír… Sin duda, la edad contribuye a la pesadumbre femenina. De ahí que sea tan importante el desarrollo integral de la persona (hombre o mujer) evitando dedicarse por completo a la parte superficial de la existencia. La aflicción de envejecer no podrá derrotar al espíritu femenino si es que la mente de la mujer esta bien cultivada y el corazón rebosante de buenos sentimientos. Tome en cuenta lo siguiente: Lady Catherine no es tan mala, lo que sucede es que su título la ciega: su posición social no le permite ver que el comportamiento impertinente no es exclusivo de personas sin educación. Ella es muy grosera porque piensa que “tiene derecho” a serlo.

Hablemos más de sus novelas… Los críticos las han calificado de costumbristas, románticas y satíricas, entre otros calificativos ¿Cómo le gusta que sean consideradas sus obras literarias? 

Si costumbrismo significa que supe reproducir con fidelidad a la sociedad de mi época, entonces no tengo inconveniente en que así se les considere. Tampoco niego que en mis libros hay bastante sátira y estoy orgullosa de ello.

La asociación con el romanticismo no me gusta tanto, pues no viví integrada al movimiento literario de mi época. Por supuesto leí muchos libros (no tantos como hubiese querido) pero la realidad es que no conocí a demasiados escritores ni me integré a ningún movimiento. Sólo fui una joven gentry que escribía sus propias historias encerrada en su estudio y esa independencia se vio reflejada para bien o para mal en mis escritos.

Dicen que inventé un nuevo tipo de novela, pero no me considero merecedora de tanto reconocimiento. Es una fortuna que mis obras hayan trascendido mucho más de lo que yo hubiese imaginado. Aunque le confieso caballero, a veces me gusta hojear mis propios libros y pasar un buen rato con todo lo que escribí.

Usted vivió en el periodo de las guerras Napoleónicas. Además iniciaba la revolución industrial y se abolía definitivamente la esclavitud. ¿Porqué sus obras no hablan de ello?

Si usted hubiera vivido en esa época convulsa, no dudaría un segundo en darme la razón. Todos los caballeros que llegaban de la ciudad hablaban de Napoleón Bonaparte. ¡Era el tema de todos los días! No valía la pena insistir en ello, por lo que me propuse evitar a toda costa las referencias a la situación política, para centrarme en las personas, sus costumbres y su mundo interior. Mis novelas pretendían sensibilizar al lector en otro sentido. No quise propiciar más polémicas que distrajeran mi verdadero propósito.

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Usted también evitó firmar sus libros con su nombre de pila, pero a diferencia de escritoras posteriores como George Sand y George Eliot, sus seudónimos nunca negaron que quién escribía era una mujer.

En efecto, así fue. No hace falta explicar el porqué, pues mis historias hablan por sí mismas.

Al principio, el anonimato se debió a que el género novelístico todavía no era una forma de literatura aceptada por los círculos conservadores, y mis parientes estaban temerosos de que mis historias provocaran un escándalo. Después ellos mismos estaban tan orgullosos que cayeron en la indiscreción, de modo que un segmento más amplio de la gente llegó a conocerme.

Debemos recordar que las primeras ediciones de mis libros fueron tan modestas que el nombre del autor importaba muy poco, por lo que seguí siendo una escritora más o menos anónima hasta el día en que me sorprendió la muerte. Tenga en cuenta que no soy precursora de nada; antes de mi estuvo Mary Wollstonecraft, Fanny Burney y junto a mi, Ann Radcliffe. Sobre las estupendas escritoras que usted menciona, quizás utilizaron identidades masculinas porque tenían muchas mayores ambiciones que yo. Habrá que preguntarle a ellas.

¿Es cierto que usted no deseaba dedicar su novela “Emma” al príncipe regente?

Es verdad. El príncipe supo que yo había escrito “Orgullo y prejuicio” porque en cierta ocasión un medico real atendió el malestar de mi hermano Henry y éste le reveló mi identidad. Sin embargo, yo no era simpatizante de su alteza. Al final tuve que ceder, pues hubiera provocado un escándalo al cual no tenía ningún derecho.

Mucha gente cree que mis novelas exaltan a la aristocracia y las costumbres de la “gente bien” y esa idea está muy alejada de la realidad. Mientras más cómoda se encuentra una persona, más difícil le resulta captar la sátira y la ironía.

Tal vez este comentario le sorprenda: en su época se vive con demasiadas comodidades y demasiada frivolidad.

No me sorprende que lo note, pero pensé que le molestaría más la descortesía…

La falsa familiaridad con la que ahora se tratan las personas también es un aspecto negativo. ¿Cómo es posible que se “tuteen” y abran las puertas de su intimidad tan sólo por estar “conectados” en inútiles redes de supuesta amistad? ¿Qué significa hoy en día ser “amigo” de alguien? ¿Tener el derecho de ver semanalmente una imagen diferente de su persona y leer frases insustanciales sobre sus alardes y sus traumas? Comprenderá caballero, que esos “valores” son para mi inaceptables… Supongo que es un signo de los tiempos e importa muy poco lo que pueda opinar al respecto.

Me quedan claros sus conceptos. Si me lo permite, volveré a mis preguntas previamente formuladas. La siguiente es inevitable: ¿Cuál de sus obras considera como su favorita?

Me lo han preguntado tantas veces y la verdad es que no lo sé. Tanto “Sentido y sensibilidad” como “Orgullo y prejuicio” fueron mis libros más exitosos y me proporcionaron la confianza necesaria para saber que podía escribir correctamente, por eso los amo. Sin embargo, considero que mis novelas posteriores como “Emma”, son mis obras de madurez, así que no podemos descartarlas.

janephotoHablando de sus obras posteriores; tengo una especial predilección por “Persuasión”. Me agrada la construcción psicológica de la protagonista; por su temperamento moderado y la riqueza inagotable de su mundo interior.

Le agradezco esa observación tan generosa.

Además, los lectores de mi época opinan que “La abadía de Northanger” es un libro muy placentero.

Así es, en especial para quienes hayan leído novelas góticas y entiendan la relación.

¿Y qué puede decirme de “Mansfield Park”?

Todos los escritores tenemos una obra incomprendida; “Mansfield…” es la novela que hubiese deseado que fuera más exitosa, tanto como “Emma”. No obstante, los lectores de mi tiempo no me concedieron esa satisfacción. Creo que en la actualidad se le ha dado el lugar que merecía, pues he notado que se le reedita a la par de mis libros más conocidos… Vera usted que hablo de este tema con cierta renuencia porque no me parece adecuado que yo misma hable del valor de mis obras. Los críticos han sido demasiado benévolos conmigo, por lo que me considero muy afortunada.

Nos faltaría comentar “Lady Susan”, “Los Watson”,  “Amor y Amistad” y “Sandition”; sus obras cortas e inacabadas…

janeaustenportrait1870No hay mucho que decir… Sólo debo aclarar con cierto pudor algunos puntos relativos a esas obras: Lo que ustedes conocen como “Amor y amistad” es una selección de relatos escritos cuando apenas era una adolescente jugando a ser escritora. “Lady Susan” es un intento más formal y quizás cabría ser mencionada. “The Watsons” es una obra que abandoné por una de esas tan frecuentes crisis de inspiración que sufrimos los escritores. En cambio, tenía muchas ilusiones con “Sandition” pero no se me concedió el tiempo necesario para concluirla. Me sorprende que haya tanto interés por esas obras menores e inacabadas… Fin del tema.

Es usted muy modesta ¿Le apetece hablar sobre arte? Por ejemplo, sobre las danzas tan refinadas, pausadas (y hasta cierto punto rígidas) que se bailaban en La regencia. ¿Le hubiera gustado que la sociedad de su tiempo fuera más espontánea y más libre? ¿Qué opina de la rebeldía?

Me hace muchas preguntas de un solo golpe… Por supuesto que sí, me hubiera gustado  mayor espontaneidad.

Esos bailes reflejan nuestra forma de ser; éramos personas educadas y rígidas en extremo, casi incapaces de expresar espontaneidad. Sin embargo, usted notará que ese tipo de orden nos era completamente funcional, pues dotaba de un valor que resulta fundamental en cualquier sociedad de cualquier época: el respeto.

Por otro lado, la rebeldía es un mal necesario o más bien, una cualidad engañosa, pues gracias a ella notamos las fallas y las carencias de nuestros acuerdos comunitarios y de nuestra moral agarrotada. ¡Yo misma fui rebelde al empeñarme en ser escritora! No obstante, uno de los mensajes que se desprenden de mis novelas, es que se puede ser audaz y romper las ataduras de las convenciones sociales sin necesariamente causar un enfrentamiento directo con la norma. Generalmente mis personajes persistieron y lograron sus objetivos sin hacer rabietas y sin perder la clase.

Estoy de acuerdo… Espero no le incomode si hablamos de la hermosa frase que escribieron en su epitafio: “Abrió la boca con sabiduría y en su lengua reside la ley de la bondad”. 

Me hace sentir como una santa; como si mi vida la hubiese dedicado a la conversión de las almas. Estoy segura de que es una frase elocuente y generosa, cosa que agradezco; pero me parece que no refleja con exactitud lo que fue mi existencia. Si acaso hice algo bueno en la vida, fue proporcionar un poco de alegría a los corazones de mis lectores. No fui sabia ni bondadosa, tan sólo una artista con una idea clara de lo que quería expresar.

El criado interviene y nos comunica que mi tiempo ha terminado. Agradezco la amabilidad e intento despedirme ceremoniosamente, pero antes de que lo haga la señora y la casona se han desvanecido… He aprendido mucho de mi encuentro con la novelista y ahora guardo una imagen suya más íntima y más humana. ¿A quién podría visitar ahora? ¿Al hiperactivo Balzac, al ascético Tólstoi o a las misteriosas hermanas Brontë?

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Literatura Clásica ¿Por Dónde Empezar?

Este artículo está dirigido a una nueva generación de lectores de libros clásicos: aquellas personas que se sienten deseosas de entrar al mundo de la literatura y que buscan libros con un mayor soporte cultural y artístico que el que pudieran proporcionar los libros contemporáneos. Aquellos lectores que desean sumergirse en las aguas de la mejor literatura; la que sobrevivió al paso del tiempo y que no estuvo sujeta a las dinámicas del mundo actual; un mundo cada vez más dominado por las leyes del mercado.

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Todos sabemos que leer literatura es algo útil. Hasta la persona con el pensamiento más materialista y práctico le resultaría provechoso aprender algo sobre las tantas maneras en que se expresa la naturaleza humana; con mayor razón para una persona de inclinaciones sensibles, artísticas o humanistas. También sabemos que los libros clásicos representan lo más selecto, lo mejor en la producción literaria del mundo occidental. Siguiendo esa pauta usted no puede equivocarse.

Después de cuatro años de leer y comentar este tipo de libros, me gustaría intentar trazar un plan sobre cómo iniciarse con la literatura clásica. Para ello me basaré en mi propia experiencia como lector (novelas y cuentos del S. XIX y XX), así como en la de mis compañeros blogueros, coleccionistas, lectores e internautas. Así pues, la cuestión es ¿Cómo empezar? ¿Con cuáles libros? ¿Con cuáles autores?


Primero: Encuentre una motivación noble.

Leer es un placer, pero como todas las actividades humanas, requiere de tiempo y de esfuerzo. Por tanto, usted necesitará un motivo que lo empuje a dar lo mejor de sí y persistir en sus metas como lector.

Si usted ya es lector de otro tipo de libros, haga memoria y pregúntese ¿Porqué empezó a leer? Seguramente encontrará que su afición comenzó gracias a un propósito, una convicción elevada, una causa común o quizás como consecuencia de una experiencia amarga que le hizo reaccionar y buscar en los libros una manera de responder a su situación adversa.

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Con los libros clásicos usted puede empezar de la misma manera. La literatura es muy rica en respuestas a todo tipo de dilemas humanos, y es muy probable que desde el primer libro que lea encuentre al menos una idea trascendente que le impulse a continuar leyendo. Por otro lado, la narrativa (novelas, cuentos, relatos) resulta ideal para enamorarse de la lectura, puesto que es más fácil identificarse con historias, vivencias y experiencias ajenas, que con conceptos abstractos.

Mi motivo personal: Mi padre falleció y su pequeña biblioteca fue dejada en el olvido, presa del polvo y de la humedad. Cuando después de un tiempo quise abrir uno de esos valiosos libros, encontré que las pastas estaban desgastadas y las páginas demasiado obscuras, polvosas y con los bordes rotos. De modo que para honrar la memoria de mi padre me propuse hacer una nueva biblioteca y leer los libros que fuera agregando.


No pierda tiempo, elija leer libros que ya probaron ser grandiosos.

Si usted elije “clásicos” está asegurándose de que todos los libros que lea, le serán de provecho. Por supuesto usted también puede escoger leer los bestsellers del momento, literatura juvenil o libros de autoayuda, y eso estará bien. Sin embargo, en esos terrenos se corre el riesgo de caer en manos de autores más preocupados por ofrecer una satisfacción inmediata y banal que responda al interés comercial por sobre lo artístico y lo humano. Por supuesto, de entre los escritores exitosos de la actualidad habrá algunos que dentro de un tiempo lleguen a considerarse “clásicos”.

De cualquier manera, existe algo mucho peor que leer las novelas juveniles de moda o malos libros de superación personal; leer libros panfletarios repletos de propaganda política, religiosa o histórica.

A mi humilde manera de ver, esos libros propagandísticos e injuriosos, empecinados en “alinear y alienar” a sus lectores, son la peor manera de desperdiciar su valioso tiempo de lectura… Leer siempre es bueno, pero no todo lo que leerá será tan provechoso.


Deshágase de sus temores hacia lo “antiguo”.

Siguiendo con la experiencia personal, al principio pensé que sería difícil que me identificara con los libros antiguos; me decía que si las historias no trataban sobre automóviles, computadoras y teléfonos celulares, entonces me iba a aburrir. Con el tiempo comprobé que muchos de los conflictos y las virtudes de la condición humana son exactamente los mismos sin importar la época. Además, es bien sabido que conocer el pasado nos prepara de manera efectiva para afrontar el presente. Al final, no encontré ninguna razón por la cual no pudiera disfrutar de las historias del pasado. Los libros clásicos me convencieron por completo.

Piense en la problemática del mundo contemporáneo con sus redes sociales, su deshumanización y su supuesto avance tecnológico; quizás podamos llegar a la conclusión de que no hay escritor que describa mejor al mundo actual que Franz Kafka (muerto en 1924) y no hay libro más actual que “1984″ de George Orwell (Obra publicada en 1949). Como verá, no se trata de poner la atención en lo más nuevo, sino en lo que hasta ahora no ha podido superarse.

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Muy bien, ya sé que quiero leer libros de narrativa clásica ¿Ahora que sigue?

Bien, grabe en su mente esta frase: Usted no debe comerse el pastel de un solo bocado, sus primeras rebanadas deben ser ligeras.

Muchas veces caemos en el error de iniciar nuestra travesía en el mundo de los libros lidiando con novelas como “Cien años de soledad”, “Rayuela” , “Los Hermanos Karamazov” o “Don Quijote de La Mancha”, libros muy extensos con estructura o estilo muy inusuales, y además con tramas y contenidos descomunalmente ricos. Con ingenuidad pretendemos iniciarnos con esas novelas porque son los títulos que “más suenan”. Además, son los únicos que conocemos y los que se encuentran más fácilmente en las librerías.

Sin embargo, tales libros requieren de la experiencia lectora que apenas estaríamos tratando de construir. Lo mejor sería posponer esas lecturas para cuando tengamos una mayor sensibilidad literaria y seamos capaces de apreciar los detalles técnicos de los libros, como el género, la estructura y el tipo de narrador. Muchos lectores nuevos hemos naufragado lastimosamente intentando leer novelas como “La montaña mágica”, “En busca del tiempo perdido” o “Guerra y paz”, para luego despotricar contra la literatura clásica afirmando que es “lenta, aburrida, complicada e imposible de leer”.

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Todo buen general sabe escoger sus batallas. Como lectores no expertos, nos conviene empezar con obras más sencillas, tanto en contenido como en extensión; libros que sean capaces de entregar una satisfacción completa sin demandar tanto esfuerzo intelectual de inicio. Recuerde que es más importante su desarrollo como lector que su vanidad esnobista; usted aún no podrá presumir de haber leído las seiscientas páginas de “Cien años de soledad”, pero habrá afianzado sus bases literarias con haber interpretado correctamente las cien páginas de “El coronel no tiene quien le escriba”.


Por el momento, no participe en “retos” ni en clubes de lectura.

Sé que muchos me cuestionarán este punto, pero lo considero primordial. Si usted es todavía un lector principiante con este tipo de libros ¿porqué ha de leer los mismos libros de alguien que va mas adelantado (o atrasado) en su proceso?

Los clubes de lectura generalmente tienen buen tino para escoger libros, sin embargo olvidan un asunto fundamental: la lectura es un placer no una obligación y cada quién debe escoger sus propios títulos y autores según sus inquietudes y gustos. En este sentido, los “retos” son inútiles, ya que se asumen solamente para “encajar” en un grupo y complacer a otras personas. No es de extrañarse que los lectores deserten y mientan; dicen que han cumplido con el reto, pero en secreto están leyendo un libro diferente; el libro que más les interesa.

Otro inconveniente de este tipo de prácticas grupales es el tiempo; bajo presión es imposible disfrutar de la lectura. Cada persona tiene su propio ritmo de lectura y sus limitantes de tiempo libre. Si dentro de un ‘reto” le han fijado como límite leer un libro de seiscientas páginas en una semana, necesitaría leer aproximadamente ochenta y cinco páginas por día, lo cual resulta excesivo para una persona normal con un trabajo de ocho horas y una familia que atender ¿No es mejor dejar que cada quién lea a su ritmo según sus posibilidades?


No desprecie los cuentos ni los libros de relatos.

Uno de los errores más comunes que cometemos los novatos es ignorar o confundir el propósito de los géneros literarios; creemos que el cuento es una narración dirigida exclusivamente a los niños, mientras que la novela sería una narración para adultos. Por consiguiente, un adulto perdería el tiempo leyendo cuentos y un niño no debería por ningún motivo leer novelas hasta que tenga la edad adecuada. Sé que a estas alturas esto suena estúpido, pero aún hay muchos lectores que lo siguen creyendo.

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Y eso no es todo: Por una razón desconocida para mí, los libros de cuentos y relatos cortos sufren el desprecio de lectores experimentados e incluso avanzados. Quizás este desaire se deba al hecho de que cada cuento requiere de un nuevo planteamiento con nuevos personajes, lo que provocaría pereza en el lector. En efecto, un libro con diez cuentos supondría diez diferentes planteamientos por asimilar. Entonces, resultaría más cómodo leer novelas (como si en las novelas no existiesen las disgresiones, los replanteamientos y las sagas). Mi consejo es leer por igual novelas como libros de cuentos, pues en ambos casos se puede encontrar literatura grandiosa.

Aunque la novela sea el género narrativo más apreciado y popular, los relatos cortos nos ofrecen muchas ventajas de cara a nuestro desarrollo como lectores: los cuentos pueden leerse en un sólo día ofreciéndonos una sensación más frecuente de resolución y conclusión. Además, por sus parámetros más rígidos, los cuentos obligan al autor a “ir al grano”, es decir, ser más conciso y breve, evitando divagar y ser demasiado descriptivo.

Cabe preguntar: si el género cuentístico fuera una categoría inferior ¿en dónde pondríamos a escritores tan importantes como Poe, Kafka, Borges, Cortázar, Carver y Munro que hicieron del cuento su principal vía de expresión? .Aquellas personas que relacionan la palabra “cuento” exclusivamente con la narración infantil, se sorprenderían de leer los cuentos para adultos de Roald Dahl.


Tenga cuidado con las editoriales:

Usted no debe adquirir libros de narrativa clásica sin antes comparar la calidad de las diferentes ediciones. Como sabemos, los escritos de autores antiguos como Dickens y Kafka, son de dominio público, por lo que cualquier editorial (y tome esto en el sentido más estricto y literal: cualquiera) puede publicar sus libros. Muchas pseudo-editoriales, oportunistas y novatas han inundado el mercado latinoamericano con dudosas ediciones de las obras de nuestros escritores favoritos. Lo único que tiene que hacer un aprendiz de editor es echar mano de una obra con derechos de autor expirados y una traducción igualmente expirada.

Como resultado de este oportunismo o esta inexperiencia, ciertas ediciones pueden venir incompletas, con errores de captura, nula corrección de estilo y hasta con errores de puntuación y ortografía. Recomiendo a la hora de adquirir libros clásicos no dejarse llevar por el precio, sino por el prestigio de la casa editorial.

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Autores recomendados para iniciarse:

Jules Verne: Este autor sufría de un control severo por parte de su editor, por lo que prácticamente nunca abordó temas difíciles o controvertidos. Se limitaba a narrar sus increíbles historias de aventuras con el talento desbordante que le caracterizaba. Sus libros resultan ideales para concentrarse en las cualidades literarias sin distraerse con otro tipo de dilemas. Obras recomendadas: Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en ochenta días (De momento, evitar Veinte mil leguas de viaje submarino).

Jane Austen: Su lenguaje majestuosamente bello y refinado, así como la cordialidad de sus historias (generalmente rematadas con un final feliz), la colocan como una escritora ideal para iniciarse en la literatura de altos vuelos. Para lograr la experiencia completa, se recomienda leer sus libros en ediciones de prestigio, apoyadas por una buena traducción, revisada por un escritor reconocido o por un filólogo. Obras recomendadas: Orgullo y prejuicio y La abadía de Northanger (De momento, evitar Parque Mansfield).

Robert L. Stevenson: Hacer de la buena literatura un arte sencillo no es nada fácil. Hablar de situaciones apremiantes con personajes complejos, sin perder el ritmo de la prosa y sin perder el interés del lector, es una cualidad bastante rara. No todos los escritores poseen el estilo dinámico, asequible y emocionante de Stevenson. Obras recomendadas: La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jeckyll y el Señor Hyde.

Mark Twain: Los escritores “avanzados” tienden a ser solemnes y pesimistas, perdiendo una de las cualidades más importantes que toda persona debiera conservar: el buen humor. Twain escribió sobre todo tipo de temas, incluso los más amargos. Sin embargo siempre logró apoyarse en la gracia, la ironía y el sarcasmo. Obras recomendadas: Cuentos selectos y Las aventuras de Huckleberry Finn.


Otras obras indicadas para iniciarse:

“Siddhartha” de Hermann Hesse: Esta es una de esas novelas en las que la prosa aparece desprovista de adornos y artificios llegando directamente al lector. El argumento prevalece sobre el estilo y esto le resta dificultad a la lectura. La narración al estilo de cuento oriental está presente en casi toda la obra.

Matar a un ruiseñor” de Harper Lee: Además de que el lector gozará de una de las mejores novelas del siglo XX, nadará por aguas tranquilas; disfrutando de una sencillez admirable y gran fluidez en la lectura. La escritora finiquita su novela sin dejar cabos sueltos, con un control absoluto del entramado de su historia y del abanico de personajes. No espere más. Lea ya esta obra maestra.

“Cuentos completos” de Oscar Wilde: Cuando de adulto releí cuentos de hadas como “El principe feliz”, “El cumpleaños de la infanta” y “El gigante egoísta” entendí lo que realmente significaba la literatura; encontrar motivos para conmoverse en un mundo repleto de ignorancia e insensatez. El fino, agudo y decadente humor del escritor, así como su extraordinaria capacidad para enternecer, hacen de sus cuentos un ejemplo perfecto para encontrarse de golpe con la buena literatura.


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¿Qué pasa sí ya cuento con cierta experiencia y me siento capaz para avanzar?

Cuando usted haya cumplido cabalmente con esta etapa iniciatoria, podrá acceder con mayor autoridad a la lectura de las académicas y esplendorosas novelas decimonónicas; podrá leer “Frankenstein” y otras novelas de escritores románticos; podrá intentar con los escritores rusos (inicie con Chejov y Gorki, finalice con Tolstoi y Dostoievski) y podrá internarse en la literatura francesa de autores como Victor Hugo, Flaubert, Balzac, y Stendhal. Con ello, usted habrá encontrado un gran tesoro de ficción, letras y perfección literaria. (Recuerde empezar con obras ligeras para luego avanzar a las más extensas).

Una vez cumplido el ciclo decimonónico, el siguiente paso será introducirse a la literatura modernista del S. XX. Existen tres autores clave que marcan el cambio entre la literatura del siglo XIX y  XX; Henry James, Joseph Conrad y Marcel Schwob. Si usted puede con estos escritores se encontrará listo para intentar con los experimentos modernistas de las primeras décadas del S. XX. Para ello inicie con la literatura alemana de Hermann Hesse y Thomas Mann, después vaya con la británica (Virginia Woolf, Katherine Mansfield) y finalmente con la francesa (Marcel Proust y Georges Perec).

Luego, pruebe algo de gótico sureño norteamericano (William Faulkner ya no podrá derrotarle tan fácilmente) para finalizar con el tan querido Boom Latinoamericano (Después de este “cursillo” Cortázar y Vargas Llosa serán como un exquisito y fino postre). Así usted llegará al punto de que podrá disfrutar de cualquier tipo de literatura por desafiante que sea.

Pero recuerde: usted debe contener sus impulsos esnobistas. Posponga la lectura de “Ulises” de James Joyce todo el tiempo que le sea posible… Me lo agradecerá.

Como verá, en esta dinámica lectora, el más pretencioso es el que menos aprende y el que menos disfruta. Efectivamente, nuestro aprendizaje tomará tiempo, pero el proceso puede ser muy placentero. Lo importante es que usted vaya formando poco a poco sus bases intelectuales y su criterio literario personal, sin caer en las prisas y los alardes, pues esas contrariedades siempre resultan contraproducentes.

¿Tiene usted alguna otra sugerencia?

El Sacrilegio De Alan Kent (Erskine Caldwell)

Este escritor norteamericano de extraño nombre y escasa fama en mi país, es en realidad uno de los baluartes indiscutibles del gótico sureño, posiblemente el más crudo y descarnado. Sus novelas más citadas (por controvertidas) son “El camino del tabaco” y “La parcela de Dios”, siendo además  reconocido por sus relatos cortos. De esta última producción destaca el relato experimental “El sacrilegio de Alan Kent”, una obra difícil de clasificar, pero (para beneplácito de nosotros los lectores) breve y fácil de leer.

elsacrilegiodealanLas peculiaridades de esta obra son muchas: por su extensión podríamos decir que se trata de un cuento, pero por la estructura diríase que se trata de una novela corta. El texto se divide en tres partes y cada una de ellas se fragmenta en numerosos y diminutos “capítulos” (por así decirlo). A su vez, cada “capítulo” contiene apenas un microrrelato de unos cuantos renglones de extensión. Tan sólo la primera parte puede abarcar treinta y siete episodios, pero estos abarcan sólo quince páginas. Esta estructura tan curiosa implica un estilo minimalista en extremo, como si al narrador le estuvieran arrancando la información a cuentagotas. No obstante, para alguien acostumbrado a novelas extensas cargadas de información, la forma escueta de escribir puede resultar novedosa y refrescante.

Lo deseable sería que estos microrrelatos enlazados fueran capaces de expresar mucho más de lo que las palabras dicen a simple vista y Caldwell logra este objetivo con creces, recurriendo a la metáfora, el símbolo y la poesía. Generalmente leeremos cada episodio dos veces, para poder captar en toda su dimensión lo que el escritor trata de decir y con ello poder saborear la lectura con mayor placer.

De esta manera tan original, Caldwell enumera los sucesos que marcan la vida de un vagabundo. El joven Alan Kent ha perdido su hogar y su sentido de pertenencia, entonces trata de recuperarlos en el rostro de una mujer. Como cabe esperar, la mayoría de sus vivencias son desgracias y frustraciones. Los sentimientos más presentes en la obra son la pérdida y lo inalcanzable; todo esto como alegoría de la época de la gran depresión, cuando tanta gente en el sureste de los Estados Unidos se vió despojada de su tierra, su nivel de vida y su modo de vivir. Cabe mencionar que la novela no habla en absoluto de economía ni política, sino que se limita a describir el mundo sórdido, seco, caluroso, violento y socialmente descompuesto que surge a consecuencia de esta crisis.

Como único detalle negativo, el autor circunda peligrosamente en el tremendismo. La presencia continua de sucesos violentos no ayuda a Caldwell a sacudirse su reputación de escritor descarnado e iracundo. Sin embargo, su gran capacidad expresiva y su habilidad para condensar palabras sin achicar de las ideas, le otorgan notable belleza literaria a la rudeza de sus historias. Este libro es una pequeña muestra de literatura minimalista de excelente nivel, aunque al final, después de tanto incidente, no nos queda claro ¿Cuál es exactamente el sacrilegio que cometió Alan Kent? Buena pregunta.


Valoración: Bueno.
Año de publicación original: 1936.
País: Estados Unidos.
Género: Novela experimental / Microrrelatos.
Extensión: 8o páginas.
Dificultad de lectura: Poca dificultad.
Traducción: Muy buena (Navona)
Temas: Gran depresión económica / Desaraigo / Pobreza.
Autores con obras similares: William Faulkner, Flannery O’Connor.

Sobre Las Traducciones De Libros (Bajo El Punto De Vista de Un Simple Lector).

Traducciones de literatura clásica, un tema que levanta polémica y confusión; qué si la traducción es antigua o nueva, que si esta correcta, que si se deja leer... este artículo pretende aclarar un poco el panorama en torno a este espinoso tema, apoyándonos en las experiencias que (como simples lectores) usted y yo habríamos acumulado después de leer cierta cantidad de libros y tras haber probado con diferentes autores y editoriales.

traducción

Lo primero: Reconocer nuestras limitaciones.

Los lectores no tenemos los elementos suficientes para saber si la traducción de una obra literaria es correcta. La única persona capacitada para dar un juicio definitivo sería un traductor de oficio que posea conocimientos de literatura y que además haya estudiado a fondo el estilo del autor en cuestión. Sin embargo, el lector común puede opinar a partir de otros aspectos más generales, como la gramática, la legibilidad y la funcionalidad del texto. Cuando un aficionado lector juzga una traducción como “mala” no se refiere a un incorrecto traslado de la información escrita de un idioma a otro (pues generalmente no contará con el texto original para poder compararlo), se refiere más bien a una sintaxis errática, una puntuación dudosa o una corrección de estilo que a simple vista causa extrañeza o genera dudas.

Entonces, los lectores podemos considerar un trabajo de traducción como incorrecto cuando con buen juicio y experiencia, consideremos que el señor traductor no logró concretar un estilo, un ritmo o no tiene la corrección que el autor original indudablemente ofrece (con mayor razón, tratándose de autores clásicos). Solamente un lector muy novato sería capaz de culpar a Dostoievski, a Victor Hugo o a Tolstoi de utilizar incorrectamente el lenguaje. Evidentemente, los yerros que pudiéramos encontrar en ciertas ediciones de sus libros indudablemente son responsabilidad de los editores o los traductores. Cuando estas cosas ocurren solemos decir que la “traducción” no es la óptima. Es verdad, suena muy injusto imputar todo esto a la “traducción”, no obstante, así es como se maneja.

No toda la responsabilidad está en manos del traductor.

Como podemos ver, el concepto de “traducción” que los lectores manejamos resulta bastante amplio y por consiguiente, muchos de los problemas de las malas ediciones no son imputables al traductor. En este punto, es menester distinguir entre traductor, capturista y corrector de estilo. Por ejemplo, los errores de “tecleo” podrían deberse a un descuido de los capturistas o revisores del texto, quienes se apoyan en programas correctores de ortografía y no se toman la molestia de leer e interpretar el sentido del texto. En cambio, los errores de puntuación podrían ser  responsabilidad de una traducción demasiado literal o de una corrección excesiva o descuidada del texto.

Traducir es un asunto serio.

El trabajo del traductor de literatura es una labor titánica, pues no solamente debe trasladar el texto de todo un libro de un idioma a otro, sino que además debe preservar la intención artística del escritor original. Esto se dice fácil, pero requiere de mucha investigación y vastos conocimientos, sin mencionar las interminables jornadas de confrontación, revisión y corrección de textos. De modo que, una traducción literaria puede tomarse meses o años de trabajo. Se trata de una labor tan valiosa que amerita sus propios derechos de propiedad intelectual; los lectores notaremos que en las caratulas de muchos libros, en los portales web y hasta en las librerías, el crédito del traductor aparece emparejado con el del autor. Así de importante es su labor.

Una editorial seria no puede decirle a su traductor: Muy bien, ya esta “La iliada”, “La odisea” y “La eneida”.  Ahora, para el próximo mes aviéntate “El extranjero”, “La peste” y “El exilio” de Albert Camús… Las cosas no funcionan de ese modo.

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¿Porqué hay tanto recelo por las traducciones? ¿Quién está haciendo mal su trabajo? 

Antiguamente, la traducción no era un asunto que preocupara demasiado a los lectores. Generalmente se confiaba en que las editoriales guardaran el debido respeto y la corrección necesaria para ofrecer libros de calidad; y desgraciadamente, si alguna edición generaba dudas entre los lectores más despiertos, no existían más traducciones con las que se pudiera comparar, pues sólo una casa editora poseía la exclusividad de las obras y los escritores.

Las inquietudes surgen cuando pasan cincuenta, setenta o más años después la muerte de un escritor reconocido y sus obras empiezan a gozar de los beneficios del dominio público; la obra literaria pierde sus derechos de autor y pasa a ser posesión “de la humanidad” lo cual es una excelente noticia para los lectores. Desgraciadamente tal beneficio colectivo permite que cualquier persona (calificada o no) pueda editar este tipo de libros. Así aparecen ediciones de calidad dudosa, publicadas por editoriales novatas u oportunistas que pudieran encargar sus traducciones o correcciones a gente que no cumple con el perfil adecuado.

Existe otro factor a tomar en cuenta: Después de un tiempo, los traductores también pierden sus propios derechos de autor, por tanto sus textos en castellano pueden publicarse libremente (lo cual es magnífico) desafortunadamente también dejan de gozar de protección contra la modificación, la mutilación y la censura. Una de las pifias más recurrentes sucede cuando los editores más novatos e irresponsables pretenden hacer una “corrección” o una “actualización” de los textos sin hacer ningún estudio serio sobre el autor, su estilo y su intención artística. Otro error imperdonable (casi un crimen)  se suscita cuando se recorta el contenido de una obra literaria para hacerla manejable a los intereses de comercialización de la editorial.

Por si fuera poco, con la llegada de internet, las traducciones “libres” circulan por infinidad de manos, por lo que ya es imposible confiar en la integridad y la calidad de estos textos. Desgraciadamente, hay casos patéticos en los que “editoriales” sin escrúpulos utilizan como única fuente un PDF o un EPUB extraído de internet, publicando traducciones de las que no se puede precisar su origen, ni cuantas correcciones u omisiones lleva en su historial. Algunos editores llegan al extremo de adueñarse de la traducción; pues creen que por haber “rescatado” un texto que circula libremente en todos lados (y por haber cambiado la palabra “vosotros” por “ustedes”) ya cuentan con los suficientes méritos para acreditarse como “traductores” y escribir su nombre en los interiores del libro. Esto ocurre más seguido de lo que creemos.

La situación editorial con los libros clásicos está fuera de control. Por eso, los lectores de hoy hemos aprendido a desconfiar de aquellas editoriales que de un día para otro ofrecen al mercado un enorme paquete de novelas antiguas.

Por desgracia, los libros económicos son los más susceptibles al fiasco.

Efectivamente. Empero, no se trata de despreciar lo barato. En México existen colecciones de libros de bajo costo, pero con excelente calidad (por ejemplo las de Universidad Veracruzana, Conaculta, entre otros). Sin embargo, más allá de aprovechar una ganga, los lectores preferimos una casa editora que invierta en un traductor calificado para ofrecer una nueva versión de un libro clásico. Esto genera confianza; no tanto por descartar todo lo antiguo, sino porque rompe con la incertidumbre originada por el manoseo de las traducciones libres.

Por supuesto, el costo de un libro con traducción profesional y reciente no será tan económico, porque esa traducción gozará de sus propios derechos de autor y de la protección pertinente de su texto. Sin embargo, el lector gozará en compensación de algo muy importante; la certidumbre; es decir, la tranquilidad de que lo que va a leer será lo más cercano a lo que originalmente escribió su autor favorito.

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Mauro Armiño: Sobresaliente traductor especialista en literatura francesa.

¿La antigüedad es algo negativo?

No necesariamente. El inconveniente que tienen las traducciones antiguas es que su vocabulario y muchas de sus expresiones han caído en desuso. Veamos: para que una editorial “económica” pueda hacer uso de una traducción, ésta tendría que haber sido realizada más o menos en la primera mitad del siglo XX. Evidentemente, el castellano de nuestra época ha cambiado mucho comparado con el que se leía en 1930.

No obstante, la experiencia como lectores nos dice que la antigüedad de una traducción no es un factor tan negativo. Después de leer algunas páginas o capítulos, el buen lector sabe adaptarse al lenguaje. Además, en este tipo de libros clásicos de narrativa, lo vetusto de las expresiones ofrece una sensación de veracidad muy acorde a los hechos narrados. Podría afirmarse que no es a la antigüedad lo que los buenos lectores temen, sino más bien a la incertidumbre que ofrecen los textos “expirados” o no acreditados.

No todas las traducciones proceden del idioma original.

Efectivamente. Siempre han existido traducciones “de segunda mano” y pese a lo grave que esto pareciera, el problema resulta un mal menor. Por ejemplo, en su momento, mucha de la literatura rusa del siglo XIX llegó a los lectores de habla hispana gracias a las traducciones de las ediciones francesas. Por supuesto, esta práctica “indirecta” de traducir implica el riesgo de jugar al teléfono descompuesto, sin embargo, creo que los traductores que originalmente elaboraron en ese trabajo, eran profesionales lo suficientemente serios como para cumplir de manera digna en la mayoría de los casos.

El problema surge cuando esas mismas traducciones llegan a manos de cualquier editor o capturista, que con una soberbia descomunal se sienten con la autoridad suficiente para recortar, resumir o “corregir” la valiosa traducción hecha por un profesional y que pertenece a una obra de literatura, patrimonio de la humanidad… Como vemos, la clave esta en el respeto; quien no sabe valorar la literatura no debe editar literatura.

¿La solución: leer en el idioma original?

Parece ser una buena opción para quién pueda hacerlo. Empero, en un círculo común de lectores esta salida no deja de sonar un tanto pretenciosa. Los idiomas son increíblemente ricos en términos, sentidos e interpretaciones; y si no somos capaces de profundizar en todas las posibilidades de nuestro castellano, pretender leer a Thomas Mann en su idioma original tal vez sea meterse en camisa de once varas. Seamos sinceros; ¿Quién sabe ruso con la fluidez suficiente para leer (en serio) a Dostoievski? evidentemente no muchos levantarán la mano. Entonces me es imposible recomendar esta “solución”. Más bien creo que lo que necesitamos es revalorar la labor del traductor, fomentando una mayor presencia de su valioso trabajo en el mercado editorial.

Consideremos que las malas traducciones (o el mal uso de los textos libres) puede ser la causa de que los lectores jóvenes prefieran la literatura comercial sobre los clásicos. Para ellos la literatura antigua es “complicada”, “lenta” y “aburrida”. Pero ¿cuántos de ellos habrán leído una edición de calidad con una traducción digna?

El filólogo: el profesional adecuado.

Un traductor de oficio puede hacer una buena traducción literaria. No obstante la persona más indicada sería el filólogo, es decir aquel profesional que se especializa en “reconstruir lo más fielmente posible el sentido original de los textos”.  A los lectores nos conviene saber quiénes son los filólogos que están haciendo traducciones de literatura clásica. De tal suerte que cuando veamos sus nombres impresos en la caratula de un libro, sepamos que podemos confiar plenamente en la traducción del texto que vamos a leer.

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Selma Ancira: Reconocida filóloga mexicana.

Los “superestrellas” de la traducción:

Vaya, el término “superestrellas” resulta muy inadecuado, puesto que la encomiable labor de estas personas no ha logrado ni por asomo el reconocimiento que merece. De cualquier manera, este artículo debe señalar a ciertos nombres que resaltan entre los entendidos de la literatura (En efecto, no soy uno de esos expertos, ni tengo conocimientos suficientes para evaluar a estos destacados traductores. Sin embargo quiero mencionar a algunos de ellos):

Carlos Pujol (1936-2012): Fue un poeta e historiador catalán que se distingue por haber traducido una buena parte de la enorme obra de Balzac. Al ser su especialidad el idioma francés, cuenta con traducciones vigentes de Stendhal (Rojo y negro y La cartuja de Parma), Baudelaire (Las flores del mal) y Verlaine entre otros. También tradujo del inglés “Emma” de Jane Austen y los poemas de Emily Dickinson.

Rafael Cansinos (1882-1964): Escritor y crítico sevillano. Se afirma que logró traducir las obras completas de Goethe, Dostoievski y otra buena parte de “La comedia humana” de Balzac. A él se le deben las primeras traducciones directas del ruso de Turguéniev, Andréiev y Dostoievski. Además tradujo algo de Schiller, Dumas y Pirandello. Su labor ha sido preservada con éxito por su hijo Rafael Manuel.

José María Valverde (1926-1996):  Un verdadero erudito; poeta, ensayista, historiador catedrático y traductor español. Entre sus abundantes textos esta la aclamada traducción de “Ulises” de James Joyce y con eso todo está dicho.

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Víctor Gallego Ballesteros. Destacado traductor actual.

Víctor Gallego Ballesteros: Probablemente el traductor actual más reconocido. Su especialidad es la literatura rusa; (Tolstoi, Pushkin, Gógol). Muy famoso en el círculo de lectores afines a este blog, por sus textos para la prestigiosa Alba Editorial. Destaca su trabajo en la versión más reciente de “Ana Karenina”, así como por la lujosa y completísima edición de los cuentos de Chéjov.

Mauro Armiño: Ensayista español, especialista en textos franceses. Son muy reconocidas sus traducciones de toda la obra cuentística de Guy De Maupassant (Páginas de espuma) y la monumental novela “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust (edición de Editorial Valdemar). Ha ganado numerosos premios de traducción.

Carlos Manzano: Otro de los escritores españoles que han logrado con éxito la odisea de traducir a Proust. Dentro de sus trabajos más importantes podemos mencionar la aclamada edición española de “Viaje al fin de la noche” de Ferdinand Celine y obras de otros autores de vital importancia como Youcenar, Lowry y Henry James.

Selma Ancira: Filóloga y eslavista mexicana, con innumerables créditos en la traducción de autores rusos y griegos, entre ellos Tolstói y Bulgákov. Su antología de cuentos rusos (Fondo de cultura económica) es de lectura obligada.

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José Luis Piquero: Sus traducciones pueden leerse en Navona Editorial, entre otros sellos de prestigio.

Por supuesto, podríamos elaborar una lista muy nutrida que debería incluir al poeta José Luis Piquero (Navona editorial), el argentino Rodrigo Fresán (famoso por sus traducciones de autores del gótico sureño), el peruano Juan José del Solar (literatura alemana), Esther Benitez (En España, el premio nacional de traducción lleva su nombre) Miguel Martínez Lage, Paul Viejo (cuya edición de cuentos completos de Chéjov para páginas de espuma está haciendo historia) y afortunadamente la lista no termina…  Vale la pena tener presentes estos nombres, a la hora de elegir una edición de nuestros autores favoritos.

Escritores de primer nivel que también fueron excelentes traductores:

Julio Cortazar tradujo con enorme sensibilidad toda la obra cuentística de Edgar Allan Poe, así como su novela Aventuras de Arthur Gordon Pym y la mayoría de sus ensayos.  También tradujo “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar, “El inmoralista” de Andre Gide, Robinson Crusoe de A. Dumas y Mujercitas de Louise May Alcott.

Jorge Luis Borges escribió, leyó y tradujo apasionadamente. Entre sus créditos en la traducción destacan; “Las Palmeras Salvajes” de Faulkner (Siruela), “Un cuarto propio” de Virginia Woolf y un puñado de obras de Kafka, London, Kipling entre otros.

Sergio Pitol, cuentista y ensayista mexicano, ha traducido a escritores originarios de Europa del este, como Chéjov (Un drama de cacería) y Andrzejewski (Las puertas del paraiso), además del norteamericano Henry James (Whasington Square y Otra vuelta de tuerca). Conaculta ofrece al público lector la colección completa de sus traducciones a precio muy accesible.


Espero que este artículo sea de utilidad para los lectores y que nos ayude a evitar una mala experiencia en la compra y lectura de nuestros apreciados clásicos de la literatura.

Guillermo G. Castro.

La Perla (John Steinbeck)

El novelista norteamericano John Steinbeck viajó muchas veces a México para conocer la zona del Mar de Cortés. Ahí encontró un folclor repleto de leyendas y ficciones históricas, acervo del cual se nutrió en 1947 para escribir “La perla”. En efecto, las incidencias de esta novela acontecen en La Paz, Baja California, aunque los primeros capítulos de la novela no lo especifican. No obstante, la presencia de tortillas, trenzas, rebozos y alacranes, auguran la lectura de la más “mexicana” de las novelas del autor.  Más que en los artificios narrativos, la obra se adentra en el costumbrismo, las leyendas y en el mensaje social. Evidentemente se trata de una obra sencilla, pero muy conmovedora, con una considerable dosis de suspenso y violencia. Estas características hacen de “La perla” una novela muy popular, amén de su asequibilidad y de su extensión más bien moderada.

laperlasteinbeckLa historia trata sobre un humilde indígena que descubre una enorme joya y de cómo su destino se verá afectado. El autor no se limita a ilustrar las bonanzas y dificultades que conlleva la riqueza súbita, sino que también detalla las circunstancias históricas y sociales que giran alrededor de la trama; a saber: la conquista y el saqueo de los recursos naturales, la dominación, la religión y el racismo, factores que siguen teniendo un enorme peso en la vida social del México contemporáneo. Estas dificultades evitan que acceda a la riqueza todo aquel que no esta autorizado a administrarla. En el microcosmos de “La Perla” esta la clave del sistema social instaurado desde los tiempos de la Nueva España, un sistema que muy poco ha cambiado.

En la lucha por la vida existe un enfrentamiento brutalmente desigual entre el hombre blanco confiado, ambicioso, armado y tramposo, contra el indígena azorrrillado, desconfiado de sí mismo, desprovisto de amor propio, discriminado, desarmado y cuyo único soporte es su pasado y su arraigo por la tierra; una tierra que pese a la invasión y el saqueo sigue siendo suya. La trampa del hombre blanco lleva al indígena a reconocer la riqueza como un mal. Esa trampa consiste en la destrucción del autoestima (la vergüenza por la propia raza), el concepto de pecado y la supuesta santidad de la pobreza (estas últimas ideas introducidas por la iglesia española). Dentro de esa dinámica perversa, la perla es una maldición que acarrea infortunio y muerte.

A pesar de que Steinbeck desarrolla con firmeza los conceptos anteriormente descritos, su punto de vista no es maniqueo ni parcial. No existe una dicotomía simplista en la que los ricos son malos y los pobres son buenos. Nuestro protagonista, Kino (cuyo nombre hace “honor” al misionero jesuita del siglo XVII) no es un personaje santo ni mucho menos; su actuar es cuestionable, aún cuando siempre se ve obligado a decidir presionado por las circunstancias.

Con esta novela, John Steinbeck demuestra nuevamente su prodigiosa conciencia social. Empero, en lo literario habremos de encontrar obras suyas de mayor destreza (me viene a la mente “De ratones y hombres”). El ritmo de la novela es un tanto irregular, pues por momentos se torna muy descriptiva y por momentos rapidísima, casi atropellada (en especial los capítulos finales, cuya narración aparece desprovista de tecnicismos y casi toda belleza), sin embargo la sensibilidad social e histórica del autor terminará inclinando la balanza a su favor. “La perla” tiene el poderío y la sustancia necesaria para trascender en el gusto del lector más exigente.


Valoración: Muy bueno.
Año de publicación original: 1947.
País: Estados Unidos.
Género:  Novela corta / novela de aventuras / suspenso.
Extensión: 144 páginas.
Dificultad de lectura:  Fácil de leer.
Traducción: Buena (Edhasa)
Temas: Riqueza / Dominio / Historia.
Autores con obras similares: Juan Rulfo, John Reed.


Recomiendo la versión de Edhasa con la traducción del escritor argentino Horacio Vázquez Rial. Por otro lado, la traducción antigua que circula en editoriales “económicas” sigue siendo válida. De modo que no hay excusas para dejar de leer “La perla”.

El Banquero Anarquista (Fernando Pessoa)

He aquí un “cuento de raciocinio”.

Dicen los entendidos que el término “cuento de raciocinio” fue creado por Edgar Allan Poe y se refería a aquellas narraciones cortas en las que existe muy poco o ningún argumento, pero que en cambio, sirven para a exponer o resolver un acertijo o una cuestión filosófica. “El banquero anarquista” (1922) es una suerte de discusión (o más bien entrevista) de cuya trama no podemos esperar mayores incidencias ni desenlaces; el único propósito de la narración es exponer las tesis del protagonista y juzgarlas fuera de los estrictos márgenes de un ensayo literario.

el-banquero-anarquistaEl curioso personaje principal ha sido revestido de una doctrina radical, pero su estatus es inesperado si no es que contradictorio. Se trata de un militante del movimiento llamado anarquismo, filosofía que tomó un renovado auge en la época en que fue escrita la obra), quien al ser cuestionado, intenta justificar su posición (evidentemente, el último lugar en donde uno esperaría encontrar a un anarquista recalcitrante, sería dirigiendo una institución bancaria). No obstante, nuestro banquero posee los elementos suficientes para demostrar la “congruencia” de su actuar frente a su sorprendido e escéptico interlocutor. Si esto fuera una obra musical, diríamos que el tono social de la pieza nos resulta bastante familiar (La búsqueda de la justicia y la igualdad entre los hombres), empero la voz cantante (un banquero) es la que no encaja con el resto de la orquesta.

Hay un elemento que necesitamos comprender para asimilar esta obra literaria: Cuando nuestro personaje formula el concepto de “Ficciones sociales” no se refiere a alguna modalidad literaria, sino al conjunto de convenciones o acuerdos que conforman el orden social (como la familia, la religión y el dinero, cuestiones que el anarquismo pretende abolir). El banquero cree que esos convenios no son funcionales en tanto no parten de una situación de igualdad ni justicia, ni tampoco ayudan a que estás se produzcan. Por tanto, las convenciones sociales son falsedades; son mentiras. Por esa razón la palabra que el autor utiliza es “ficciones” y el lector debe estar prevenido.

Otros temas desarrollados en la obra son la libertad, la tiranía y la filantropía, ofreciendo matices muy diversos e interesantes. El banquero concluye proponiendo un peculiar método de “individualismo progresista” como medio para hacer efectiva su doctrina. Y hay que decir que su exposición resulta muy consistente. Sin  embargo, no debemos albergar temores: esta literatura no es propagandística en absoluto. Los lectores notarán que el mismo Pessoa funge como el crítico más duro de su propio personaje, y para cuestionarlo no necesita otra cosa sino dejar que el banquero se explaye.

A veces los lectores cometemos el error de pensar que lo que un autor desarrolla en sus escritos necesariamente representa su forma de pensar. Este no es el caso del polifacético y misterioso Pessoa (y menos para “El banquero anarquista” obra literaria que el propio autor calificara de “sátira dialéctica”). La vida del poeta portugués sigue siendo un enigma, pues el hecho de que la mayor parte de su obra no fuese publicada y que además estuviese firmada con diferentes seudónimos, acrecienta su leyenda como forjador de diferentes personalidades y puntos de vista.

En fin, esta sátira o “cuento de raciocinio” ofrece una gran oportunidad de confrontar ideas políticas y quizás nos conduzca a formular un par de reflexiones finales: toda ideología tiene sus límites y contradicciones, y toda contradicción pierde su efecto discordante si logra justificarse correctamente. La cuestión es razonar y exponer las ideas de manera congruente, cosa que Fernando Pessoa sabía hacer muy bien.


Valoración: Bueno.
Año de publicación original: 1922.
País: Portugal.
Género: Relato social.
Extensión: 94 páginas
Dificultad de lectura: Dificultad media.
Traducción: Buena (Rodolfo Alonso)
Temas: Política / Sociedad.
Autores con obras similares: Henry David Thoreau, Maxim Gorki.


Con este cuento hemos de tener cuidado: algunos estudiosos de la abundante obra oculta de Fernando Pessoa, consideran que el autor planeaba hacer una corrección de la obra que originalmente publicó en 1922 y bajo ese supuesto han sacado al mercado una segunda versión de “El banquero anarquista” (edición de Teresa Sobral Cunha). Tal edición incluye textos dispersos que SUPONEN pertenecerían a esta obra. Empero, no todos los especialistas están de acuerdo en publicar un “montaje” de la corrección que nunca llegó a concretarse. Por esa razón, considero que debo recomendar la versión antigua (y original) que poseen las editoriales cuya edición sea anterior a 1998. La traducción antigua de Rodolfo Alonso sigue siendo funcional.

Amo Y Criado (Lev Tolstói)

Introducción:

Hubo un tiempo en que la moraleja se convirtió en una salida fácil para finiquitar un cuento. Los escritores se envolvían en un halo de supuesta sabiduría y abusaban de ese recurso. Paralelamente, la literatura con moraleja fue usada como un vehículo de propaganda, y muchas veces sirvió de apoyo para la difusión de disposiciones religiosas o campañas gubernamentales. Desde entonces, las obras narrativas que incluyen tendenciosos aleccionamientos morales y discutibles ideas purificadoras, resultan muy sospechosas a los ojos de los buenos lectores.

Sin embargo, la dinámica perversa y panfletaria de la moralina se rompió con los cuentos de Lev Nikoláievich Tolstói, escritor con “mensaje” que jamás sirvió de trampolín para las ideas religiosas ni como parapeto de Zares. Por el contrario, el escritor ruso siempre fue considerado un peligro y objeto de censura, hasta el punto de ser castigado con la excomunión. De manera que, el recelo que un buen lector puede sentir por los cuentos con “mensaje” no debe ser aplicado a las obras literarias del conde Tolstói, un gigante de las letras que siempre habló por sí mismo y por la humanidad; jamás en nombre de una religión o un estado.

Amo y Criado (1895)

amoycriadoEn Rusia la esclavitud fue legal hasta 1861 y para ejercerla no era necesario ir a otros continentes en busca de seres humanos de otras razas y colores. El ruso esclavizaba a sus propios compatriotas en la dinámica del amo que usa y abusa de su servidumbre. Ante esa realidad, Tolstói escribió muchos cuentos que profundizan en el tema, entre ellos “Amo y Criado” (obra recientemente rescatada por Alba Editorial con la traducción al español del filólogo eslavista Victor Gallego Ballesteros). Como es de suponer, el autor no ofrece un punto de vista sesgado ni basado en el encono social. Su propuesta va más allá del simple conflicto laboral. Al igual que cualquier persona que haya tenido algún destello de sabiduría en sumente, Tolstói sabía que la realidad es mucho más complicada.

“Amo y criado” es un cuento largo que logra un nivel de intensidad tal que nos recuerda a las mejores novelas tolstoianas. La historia se divide en diez capítulos breves de fácil lectura. Esta flamante edición presenta cien páginas capaces de desplegar un considerable dramatismo (especialmente en los episodios finales). La trama se refiere al obstinado viaje de negocios que realiza Vasili (El amo) acompañado de Nikita (El siervo), un desplazamiento a todas luces inoportuno, pues se lleva a cabo en un día festivo, casi al anochecer y bajo la amenaza de una tormenta de nieve. Como era de esperarse, los viajeros enfrentan dificultades y el lector descubrirá sus maneras de enfrentarlas.

El narrador está capacitado para describir los pensamientos más íntimos de los protagonistas; sus motivaciones y tristezas están ampliamente explicadas marcando una diferencia notable entre ambos, al momento de abordar el peligro. Sin embargo, hay un punto en donde Vasili y Nikita reaccionan de forma semejante, probando que los aspectos básicos de la naturaleza humana son extensivos a todas las personas: todos nacemos de madre, todos tenemos sangre en las venas, todos somos capaces de cometer una fechoría o un acto de heroísmo y (como verdad última) todos vamos a morir.

La construcción psicológica de los personajes y la conceptualización de toda la obra resultan muy convincentes. El cuento es tan bueno que se va como agua, no sin antes haber sobresaltado y conmovido al lector con su trepidante dramatismo. Y a la postre, no encontraremos una moraleja forzada ni chocante. La enseñanza proviene de las vivencias narradas y no de la opinión sesgada de un escritor servil que se siente “iluminado”. El autor ilustra aquella idea de que “el rico en la búsqueda de más y más riqueza, arrastra al pobre a la destrucción de ambos”… Sí, pero también nos recuerda que la realidad es más complicada de lo que se pueda asumir en cualquier panfleto. Tolstói es grande.


Valoración: Excelente.
Año de publicación original: 1895.
País: Rusia.
Género: Cuento costumbrista, cuento de aventuras.
Extensión: 100 páginas.
Dificultad de lectura: Fácil de leer.
Traducción: Muy buena (Alba)
Temas: Humanismo / Suspenso / Supervivencia
Autores con obras similares: Antón Chéjov, Jack London.


Hasta donde he podido investigar, este cuento no se encuentra disponible en otras editoriales excepto en este volumen de Alba Editorial de precio no tan económico. La destacada traducción de Victor Gallego requiere tan sólo de conocer el significado de términos como: “mojón’ “tocón” “caftán” (vestimenta rusa), “grupa” o “chalán” (vendedor de caballos).  El tamaño de letra y el formato es (como de costumbre en Alba), bastante cómodo.